No había trenes de alta velocidad, autopistas ni vuelos con compañías de bajo coste, por eso, la muchacha que en 1950 cogía el hatillo, cruzaba el Cebreiro y salía de su pequeña aldea lucense con la mirada puesta en Barcelona no solo atravesaba el país de oeste a este. Mediaba un mundo, pero uno difícil de ver mientras se friega el suelo de rodillas. El trabajo duro, eso sí, nunca amedrenta a una gallega de cuna. Gerarda Lolo vivió una guerra alejada de su madre, sirvió en casas, paseó por Niza, se mudó para siempre a un pueblo y a una comarca que nunca había pisado antes, mató, limpió y cortó cientos de miles de pollos, crio a una hija y a dos sobrinos, y vio a Grace Kelly en una iglesia de Montecarlo. “En la tienda de la mañana a la noche y luego a hacerlo todo en casa. Yo nunca tuve pereza, ni pa’ madrugar ni pa’ nada”, resume. Intuimos que alguien así se reiría ante el “no me da la vida” tan de moda, igual que lo hace ante nuestras caras de remilgo mientras explica cómo se mata y despluma un pollo.

Gerarda Lolo en Fabero
La encontramos a la fresca de un sol que ya aprieta a principios de verano. Desde que murió su marido, hace 12 años, vive en Vega de Espinareda con su hija, su yerno y sus dos nietos. “Pero en verano vamos pa’ Fabero”, y las ganas le brotan en cada palabra. Ágil, lúcida y de tez morena y sorprendentemente lisa, Gerarda esconde la sorna tras una sonrisa perenne. Echa ahora de menos un pueblo al que llegó por azar el mismo día que se casó en la Basílica de la Encina con Manolo, “que era gloria bendita, más bueno que las pesetas”. “De Ponferrada a Fabero solo veía árboles y pensaba: pa’ dónde iré”, confiesa, pero lo cierto es que esta tierra no distaba tanto, ni en kilómetros ni en paisaje, de su Zanfoga natal (parroquia del concello de Piedrafita). “Allí hubo soldados, hubo moros, iglesia, Guardia Civil, colegio, allí hubo de todo”, y allí la descubrió la guerra con solo cuatro años junto a su padre, su hermano y su abuela mientras su madre trabajaba en Madrid como ama de leche.
“A servir y a fregar” llegó a Cataluña con dieciocho años y se encontró en una casa en la que apenas le daban sustento. “Un día me daban la mitad de la cabeza de un conejo y al día siguiente la otra mitad”. Exiguo alimento que la animó a irse con los vecinos de aquella familia en cuanto supo que buscaban servicio. Y con ellos precisamente pasó dos años en Francia, entre Niza “que me encantó porque era llano”, y Montecarlo “que ya no me gustó tanto porque era muy pendiente”. Aunque el principado, eso sí, le regaló la visión de una Grace Kelly “guapísima, tenía un cuerpo que parecía hecho de cera”. ¿Y con el idioma? “Pues ya sabes, de aquella manera te apañabas”. A su regreso y a través de amigos comunes conoció a Manolo, “que era de Vega de Valcarce, ya ves, y nos fuimos a conocer en Barcelona”. Entró entonces como empleada en un taller cosiendo abrigos, pantalones y faldas, “entraba a las ocho y salía a las tres, pero el sueldo era poco, así que luego iba a limpiar una mueblería y me daban mil pesetinas al mes, que buenas era de aquella”.
“Venían los obreros, todos negros los pobres, había muchísima gente de aquella”
Ya como novios, Manolo, que tenía familia en Fabero, decidió instalarse en el pueblo con la idea de poner una granja. Primero llegó él, “puso unas naves” y luego vino ella, que tras 10 años en Barcelona y dos en Francia se instaló por amor en un municipio que no conocía y mató, peló, limpió, cortó y despachó millones de pollos durante más de treinta años. “Venían los obreros, todos negros los pobres, había muchísima gente de aquella”. Primero, abrieron la tienda en la calle Doctores Terrón, “frente al Mesón García”, “y luego tuvimos un puesto en la plaza de Abastos”. “Teníamos una máquina con seis embudos donde les colocaba la cabeza, había que darles un golpe en la vena, pero solo un poco, porque sin cabeza no tenían venta, luego los metía en agua hirviendo y los limpiaba. El mayor cambio fue la peladora eléctrica, te lo hacía en un periquete”.

Gerarda Lolo, su marido Manolo y su hija
Dice Gerarda que ni Navidad ni leches, que nada se podía comparar con las fiestas de Bárcena de la Abadía. “Un año matamos más de trescientos pollos porque todo el mundo iba de merienda”. ¿Se arrepintió alguna vez de no haberse quedado en Cataluña? “Nunca, porque me casé con el hombre que quería”. Y nos ofrece entonces una pincelada de su carácter. “De Fornela bajaban mucho a comprar, pero solo había un coche de línea que bajaba por la mañana y no volvía a subir hasta la tarde, así que muchas veces Manolo los subía en el coche. Eso sí, cuando murió, me parece que no hubo un fornelo que no bajara al entierro”.
Lo primero que Gerarda vio en la televisión fue un gag cómico de un hombre que intentaba cortar un pollo y le salía por la ventana. Aún se parte de risa mientras lo cuenta. “Salí fuerte como un toro”.


Gerarda Lolo

Gerarda Lolo

Gerarda Lolo

Gerarda Lolo en una foto del día de su boda en la Basílica de la Encina

Manolo, el marido de Gerarda, primero por la izquierda en la fila de abajo.

Gerarda Lolo