El que sandunguero va al dentista como si fuese al bar de la esquina o tiene poca sal en la mollera o ha conocido a Antonia, y es que difícilmente puede infundir miedo esta mujer menuda, coqueta y charlatana que nos recibe de blanco impoluto en su piso de la calle Ancha. Calle Ancha leonesa, no ponferradina, porque aunque berciana, abrió su consulta en la ciudad donde ya residía su tío Ramón Beberide. Y justo aquí, dos pisos por encima de la clínica donde ejerció como una de las primeras médicas estomatólogas de la provincia, continúa viviendo esta villafranquina “chuletilla y tremenda” que cortaba a escondidas las flores del huerto de su abuelo para adornarse con ellas el pelo. 

Antonia en una foto del colegio

Nació María Antonia González del Valle el día de San Antonio de un año indeterminado, “Tengo muchos años, pero ya ni los cuento”, avisa. Lo que sí cuenta son los recuerdos. Los de su infancia en la Villafranca de la posguerra, “mis padres tuvieron un mérito tremendo, tenían cuatro hijos y un comercio en el que vendían de todo. Yo fui la primera médico de la familia”. Los de sus dotes como artista, “me gustaba mucho recitar, el teatro y hacer la ofrenda en el mes de mayo”. Y los de su periplo como estudiante lejos de casa, de la que salió con solo diez años y a la que ya solo volvería de vacaciones. “Los últimos años de racionamiento los pasé interna en las Concepcionistas de Ponferrada y cuando terminé el bachiller me fui a Zaragoza a hacer medicina. Aquello ya era un desplazamiento mucho mayor y fue más duro”. 

“Me decían que tenía las manitas finas y el don de la tranquilidad, muy importante para ser dentista”

Cabe explicar que hubo un tiempo, concretamente desde 1948 y hasta 1987, en el que la carrera de odontología tal y como hoy se conoce no existía. Los únicos profesionales autorizados legalmente para atender los problemas de la boca eran los que se habían licenciado previamente en medicina general y especializado luego en estomatología. Y eso fue exactamente lo que hizo Antonia. “En Zaragoza éramos cinco mujeres entre cerca de doscientos alumnos y cuando terminé me fui a Madrid porque era la única escuela de toda España para mi especialidad. De las que empezamos la terminamos solo dos chicas, una de Gijón y yo”. 

Encantada con su decisión, “cogí lo mejor de la mejor especialidad”, contaba con dos cualidades a su favor para triunfar, “me decían que tenía las manitas finas y el don de la tranquilidad, muy importante para ser dentista”, ríe. Al “año y pico” de llegar a León conoció a Roberto, “un asturiano de pura cepa, un gran compañero” y el padre de sus tres hijos. “Estuve 57 años trabajando y además de pacientes de aquí, tuve mucha gente de la zona del Páramo, La Bañeza y Benavides”. “Esta calle no era como es ahora, era transitable pero más tranquila, había mucha más vida de barrio, para que os hagáis una idea, ahora si cojo un taxi me quiere dejar en Santo Domingo por no entrar aquí”. 

Todo cambia, también esa Villafranca de su niñez a la que ahora le da cada vez más pena volver. “Sigue siendo una preciosidad, pero ya casi no conozco a nadie y nadie me conoce a mí”. Aunque, para ser sinceros, parlanchina y resuelta como es, si sacó muelas con esas “manitas” apenas le haría falta un paseo por la Alameda para reencontrarse con sus vecinos. 

Antonia con su marido, Roberto

Antonia con su marido, Roberto

María Antonia González del Valle, una de las primeras médicas estomatólogas de la provincia