Cuando en 1978 el Sporting de Gijón inauguró su escuela de Mareo, por las calles de la parte alta de Ponferrada ya jugaba pachangas el chaval que iba a ser durante años el canterano con menor edad en llegar a aquella fábrica de talentos. “¡Te voy a llevar a Mareo!”, le decía por entonces su padre a Tomás Hervás Girón. Todavía antes de la academia, en aquellos improvisados partidos con piedras haciendo de porterías, descubrió la importancia de conceptos como la amplitud y la profundidad cuando se privilegiaban los goles precedidos de una pared y el pase de la muerte. Las noches de verano se prolongaban hasta entrada la madrugada en las pistas de El Plantío incluso tras enrolarse en el fútbol federado y destacar tanto que un día Jorge D’Alessandro le puso un marcaje individual en Salamanca. Hasta que por mediación de Nino Cubelos llegaron ojeadores del Sporting. Los informes fueron favorables. El mismo tío al que le había “fastidiado” la puerta del garaje con el balón condujo hasta el Cantábrico. El joven berciano tenía 15 años y un sueño por delante.

Tomás Hervás (tercero por la izquierda arriba), con el equipo del Santa Marta dirigido por Roberto Farelo ‘Krol’
Tomás Hervás jugaba en el Santa Marta cuando llegaron ojeadores del Sporting de Gijón para verlo en un partido. “No jugué nada bien, pero marqué tres goles”, cuenta. A los pocos meses se incorporó a Mareo
Tomás Hervás se acostumbró desde bien niño a cumplir profecías. La que le hizo su padre la convirtió en realidad a fuerza de echar horas con el balón en la calle y en los por entonces precarios campos del fútbol base berciano, desde los 8 años entrenando hasta que a los 11 ya pudo jugar y pasar por el Templarios-JT hasta enrolarse con 12 en el Santa Marta a las órdenes de Roberto Farelo, apodado Krol por aquel líbero revolucionario del Ajax y la Naranja Mecánica. Fue quemando etapas y ya era capitán de la selección de Castilla y León de su categoría cuando un día jugando contra el Peña Barcelonista había espías del Sporting en la banda. “No jugué nada bien, pero marqué tres goles”, cuenta. El compromiso tardó en materializarse hasta finales de agosto. El viaje a la élite tuvo sus peajes: separarse de su familia con 15 años y sustituir el calor del hogar por una pensión sin comodidades en la que dormía con pijama y chándal. “Alguna lagrimina eché”, admite.
“¡Tú vas a jugar en Primera!”. Tenía apenas 16 años y estaba compensando las carencias físicas con las que llegó a Mareo cuando Carlos García Cuervo, su gran valedor en la cantera sportinguista junto con Pepe Lavandera, le hizo otra profecía luego cumplida. “Yo llegué allí con mucha ilusión. Quería ser futbolista por encima de todo. Y Mareo era el no va más no, lo siguiente”, señala el berciano. Quini volvía y Eloy Olalla se marchaba. Joaquín se mantenía en el centro del campo, a veces pitado en El Molinón por la afición exigente de un equipo que venía de finales de Copa del Rey, tutear al Real Madrid y al Barcelona y ser un habitual en las competiciones europeas. “Y yo entonces pensaba: ‘No puedo ser futbolista en la vida; esto va a ser muy difícil’”. Pero todavía era la etapa de los yogurines. Hasta cinco de una tacada (Tomás, con 20 años, junto a otros como Juanele o Iván Iglesias) debutaron el 1 de septiembre de 1991 en el José Zorrilla contra el Valladolid de los colombianos. “Y ganamos 0-1”, recuerda.
Tomás, que evolucionó del eje del centro del campo a posiciones de interior izquierdo, fue asentándose en el primer equipo y acudió a la primera convocatoria de la que sería selección olímpica de Barcelona 92 llamado por Vicente Miera (Javier Clemente también valoró llevarlo a la absoluta). Las lesiones condicionaron esa primera etapa y truncaron el sueño luego bañado en oro en el Camp Nou con compañeros de quinta como Luis Enrique o Abelardo. El joven que había crecido admirando a Karl-Heinz Rummenigge, Sören Lerby o Rafael Martín Vázquez idolatraba a Diego Armando Maradona, al que se enfrentó en su etapa en el Sevilla: “Era diferente a todos. Es el mayor talento que yo he visto. Me pasé el calentamiento mirándolo. Y marcó un gol que me dieron ganas de abrazarlo”. El caso es que la conversión en Sociedad Anónima se le atragantó al Sporting y acabó bajando a Segunda División en 1998. “Aquello fue una pesadilla; ni salía de casa”, apunta. “Yo habría sido jugador del Sporting toda mi vida. Y me quería quedar en Segunda”, añade. Pero vino el Celta de Vigo, pagó 175 millones de pesetas y tocó hacer las maletas hacia el Atlántico.
Hervás, que vio truncado por las lesiones el sueño de participar en Barcelona 92, se asentó en el Sporting hasta el descenso en 1998: “Yo habría sido jugador del Sporting toda mi vida”

Tomás Hervás (segundo por la derecha de pie), en sus tiempos de canterano del Sporting de Gijón. “Entonces se decía que sólo salías del Sporting para ir al Madrid o al Barcelona”, recuerda

Tomás (abajo a la derecha) en sus primeros años en el Sporting de Gijón junto a otros como Abelardo (abajo a la izquierda)

Tomás Hervás (en primer término), en su debut en Primera División en el Estadio José Zorrilla contra el Real Valladolid
El cambio fue sideral. Tomás Hervás se alistó en un equipo de leyenda que bordó el fútbol con momentos cumbre como las eliminatorias frente al Liverpool o el Aston Villa. “¡Cómo me habría gustado vivir esto con el Sporting!”, se recuerda pensando al regreso de aquellas épicas noches europeas. “Fue mi mejor etapa”, sentencia sobre esa experiencia en Vigo que incluyó ser capitán el día de septiembre de 2000 en que se inauguró El Toralín o marcar en el Camp Nou tras recortar de tacón ante Xavi Hernández. Quedaron espinas clavadas como no llegar a la Champions League o no haber ganado un título. El mismo 30 de junio de 2001 en que el Celta perdió ante el Zaragoza la final de la Copa del Rey firmó por el Sevilla. Y de repente cambió los campos húmedos del norte por los secos del sur. Pasó de triangular con Mazinho y Mostovoi a disputar balones con Pablo Alfaro y Javi Navarro: “Los momentos de más patadas que yo he visto no fueron en ningún partido, sino en los entrenamientos con el Sevilla”. No se acabó de adaptar. “No estuve a mi nivel. Un futbolista tiene varias versiones. Y entonces habría necesitado un psicólogo”, reconoce sin paños calientes.
Vivió y disfrutó con el Celta las noches europeas frente al Liverpool o el Aston Villa. Luego fichó por el Sevilla: “Los momentos de más patadas que yo he visto fueron en los entrenamientos con el Sevilla”
La terapia la encontró en Las Palmas, ya en Segunda División y con 32 años. “Fue donde mejor me han tratado y valorado”, subraya, incluso pese al descenso a Segunda B. Lo emocional también pesó cuando, ya de retirada, se incorporó al Universidad de Oviedo para jugar con su hermano Aitor. Colgó las botas sin haber militado en la Ponferradina: “Nunca llegó a haber negociaciones, pero sí me habría gustado”. Una segunda vida llegó cuando se sacó el carné de entrenador y volvió a Mareo. “Aquello fue un subidón, una felicidad inmensa”, ilustra sobre su regreso en 2008 para dirigir a los cadetes, el comienzo de una etapa en la que ha sido segundo de Abelardo en el Sporting, el Espanyol y el Alavés y trabajado para el primero en su secretaría técnica, dos funciones de su agrado: “Entrenar me gusta porque es lo más parecido a jugar. Y el fútbol en directo me gusta muchísimo”. Ahora que ya hay quien en Gijón lo identifica como entrenador, reivindica su origen berciano al enseñarle a sus hijas los escenarios de su infancia: las piscinas municipales y las calles de un barrio desde el que partió un viaje hasta la élite.

Tomás Hervás (quinto por la izquierda de pie), con los colores del Sporting de Gijón

Tomás Hervás (segundo por la derecha de pie), con el Sporting de Gijón

Cromo de la Liga de Tomás Hervás con el Sporting de Gijón

Tomás Hervás, en su etapa con el Celta de Vigo

Tomás Hervás, en su etapa con el Celta de Vigo, protege el balón en presencia de Raúl González en un partido en el Estadio Santiago Bernabéu

Tomás Hervás (segundo por la derecha de pie), en su etapa en el Universidad de Oviedo, con su hermano Aitor (segundo por la izquierda de pie)

Tomás Hervás, en una imagen reciente en el Estadio El Molinón