La de Matías Fernández podría haber sido la vida de uno de tantos paisanos bercianos que crecieron entre las décadas de los cincuenta y los sesenta. Su padre trabajaba en la mina. Y los fines de semana había que echar una mano en casa para arar el campo o sulfatar las viñas. Hasta que se cruzó Santos Uría. Casado con una prima lejana, lo convenció tras un partido de fútbol en Cacabelos primero para jugar al rugby en el Campo de San Bartolo y luego para probar en la halterofilia. Fernández fue entonces otro de los paisanos bercianos que protagonizaron la primera edad de oro del deporte de las pesas. Hasta que su progresión fue tal que estuvo en disposición de abrir con Colomán Trabado la página olímpica de la comarca. Y así comenzó una relación amor-odio con los Juegos, desde tragarse la hiel de verse apartado a última hora de competir en Moscú 1980 hasta saborear la miel de las medallas ya como seleccionador nacional con Lydia Valentín en Río de Janeiro 2016.

Matías Fernández, en un Campeonato del Mundo absoluto en Bulgaria

Matías Fernández, en un Campeonato del Mundo absoluto en Bulgaria

Matías Fernández echaba una mano en casa trabajando en el campo y estaba un sábado jugando al fútbol cuando se cruzó por el camino Santos Uría y acabó haciendo halterofilia

El sueño olímpico quedaba muy lejos del Quilós (Cacabelos) en el que nació en 1956. “La vida entonces era bastante dura”, admite Matías Fernández. Su padre iba a la mina a Lillo del Bierzo (Fabero). Su familia era de las que todavía compatibilizaba ese ingreso con el trabajo en el campo. El fútbol suponía una de las pocas evasiones. Y así se recuerda jugando en Villabuena o Cacabelos hasta que un sábado se acercó Santos Uría y se vio de repente levantando pesas tras hacer rugby. “Santos todavía no estaba muy metido; luego ya sí”, cuenta. La halterofilia había dado sus primeros pasos en la comarca de la mano de pioneros como José Luis Sáez y con medios de subsistencia como rellenar con hormigón latas de conservas convertidas en pesas. Fernández, que ya se recuerda ejercitándose con otro tipo de materiales, comenzó en un pajar de José Luis Prada ‘a Tope’ para pasar luego a las viejas escuelas de Cacabelos. Trabajaba antes de cumplir los 18 años de edad como peón de albañil cuando batió los récords de España de arrancada y dos tiempos que estaban en poder de Francisco Mateos.

Hubo entonces que hacer las maletas para marchar de Quilós en dirección a la Residencia Joaquín Blume de Madrid de la mano de Juan José González Badillo. “Nunca había salido del pueblo”, cuenta para reconocer la recurrente intención de rehacer el equipaje y regresar a Quilós: “Pensé muchas veces en volverme para casa”. El Bierzo y Laciana componían ya por entonces una cantera de referencia de la que salieron otras figuras entre las que cita a Mariano Cachón o José Antonio Orallo. “Siempre hubo una buena armonía entre nosotros”, destaca. Los levantadores bercianos pasaron de cargar la furgoneta en los comienzos y montar y desmontar la infraestructura (“llevábamos el pack completo”) a resultar seleccionados por España para citas internacionales. Y así Matías Fernández acabó segundo en los Juegos Mediterráneos de 1979 en Split, en la antigua Yugoslavia.

Él, que llegó a Madrid sin haber salido del pueblo, estaba en disposición al año siguiente de volver a traspasar el telón de acero para participar en los Juegos Olímpicos de Moscú. Había sacado el billete deportivo junto a Joaquín Valle. Pero la Federación Española de Halterofilia decidió a última hora sumarse el boicot promovido por Estados Unidos todavía en tiempos de la Guerra Fría con España saliendo de una dictadura. Colomán Trabado sí participó en el 800 de atletismo para convertirse en el primer deportista olímpico berciano; Matías Fernández tuvo que quedarse en casa con las maletas hechas. “La decepción fue enorme. Se te queda cara de tonto. Fue un palo”, admite al hacer ver que ahora los competidores están arropados por cuerpos técnicos dotados de psicólogos para amortiguar el golpe. “Cuando yo competía”, contrasta, “te dabas con un canto en los dientes por tener masajista”.

“Siempre hubo una buena armonía entre nosotros”, dice sobre los levantadores que compusieron la primera edad de oro de la halterofilia berciana. Fernández estuvo a punto de llegar a Moscú 1980

Matías Fernández, compitiendo en Cacabelos

Matías Fernández, compitiendo en Cacabelos

Matías Fernández, compitiendo en Cacabelos

Matías Fernández, compitiendo en Cacabelos

Matías Fernández, en el polideportivo Moscardó de Madrid

Matías Fernández, en el polideportivo Moscardó de Madrid

Retirado a mediados de los años ochenta, se valió de su título de Formación Profesional en automoción para trabajar como mecánico primero y jefe de taller después para marcas como Fiat o Kia. Y se había sacado el título de entrenador nacional cuando acudió a la llamada de la Federación tras los Juegos de Sídney 2000, primero para ejercer como segundo seleccionador nacional de Peter Poletaev y Manuel Galván. Tras Pekín 2008, asumió el mando por encargo del presidente de la Federación, Emilio Estarlik, para afrontar un nuevo ciclo olímpico que, todavía entonces sin saberlo, ya era triunfal para su pupila Lydia Valentín, protagonista principal de una segunda edad de oro de la halterofilia berciana, ahora liderada por mujeres. Fernández compensó la decepción de Moscú 1980 con su estreno en Londres 2012, saldado con cierta amargura por un cuarto puesto a las puertas de un podio que se abrió con las descalificaciones en diferido que reconfiguraron el medallero. Y así Valentín recibió años después una plata de Pekín y un oro de Londres.

Fue seleccionador nacional dirigiendo a Lydia Valentín en tres Juegos Olímpicos: “Y yo en Río de Janeiro le dije que disfrutara de la medalla de bronce como si fuera de oro”

“Si tú quieres, serás campeona del mundo”, le había dicho Poletaev a la de Camponaraya, que sí pudo subirse al tercer cajón del podio en Río de Janeiro 2016. “Y yo entonces le dije que disfrutara de esa medalla como si fuera de oro”, recuerda Fernández, la otra mitad de un tándem berciano en una competición que es un mundo aparte: “Vivir unos Juegos es algo maravilloso que te pasa una o dos veces en la vida”. Y Matías Fernández, que en 2017 en Anaheim (Estados Unidos) vio hecha realidad la profecía de Polataev con Lydia Valentín como campeona del mundo, vivió hasta una tercera experiencia olímpica para cerrar su vida deportiva ahora sin medallas tras Tokyo 2020 (disputados en el verano 2021 por la pandemia del coronavirus), el epílogo de una trayectoria escalonada a ritmo de Juegos.

Matías Fernández (en primer término), junto a su primer mentor, Santos Uría, en un homenaje

Matías Fernández (en primer término), junto a su primer mentor, Santos Uría, en un homenaje

Matías Fernández (en primer término), junto al presidente de la Federación Española de Halterofilia, Emilio Estarlik, en los Juegos Olímpicos de Londres 2012

Matías Fernández (en primer término), junto al presidente de la Federación Española de Halterofilia, Emilio Estarlik, en los Juegos Olímpicos de Londres 2012

Matías Fernández (izquierda), recibiendo la Medalla al Mérito Deportivo del Consejo Superior de Deportes

Matías Fernández (izquierda), recibiendo la Medalla al Mérito Deportivo del Consejo Superior de Deportes

'Collage' con imágenes de Matías Fernández realizado por su representante

‘Collage’ con imágenes de Matías Fernández realizado por su representante

Matías Fernández, con su mujer, Paqui

Matías Fernández, con su mujer, Paqui

Matías Fernández (izquierda), con su hijo Alberto antes de salir para Tokio en 2021

Matías Fernández (izquierda), con su hijo Alberto antes de salir para Tokio en 2021

Matías Fernández, en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020

Matías Fernández, en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020