“El humor vive del ritmo”. Leo Harlem hace una pausa en este verano posconfinamiento. Y mientras la televisión lo pone en el candelero como protagonista de una película que se presume taquillera, él busca refugio en El Bierzo. En plena cuenca minera, en Matarrosa del Sil (Toreno), nació Leonardo González Feliz, que adoptó luego el apellido artístico del bar en el que trabajaba en Valladolid, desde donde los monólogos lo catapultaron al primer plano. Pero él se encuentra a gusto fuera de foco. Y de la mano del periodista Toño Criado visita uno de los ‘santuarios populares’ del Bierzo, la Bodega ‘El Niño’ de Cacabelos. Ni el local tiene pinta de tener wifi ni el humorista teléfono inteligente. Que se detengan los whatsapps y afloren las risas.

Leo Harlem, rememorando sus tiempos de camarero, junto a Antonio Rodríguez ‘El Niño’ en la bodega de Cacabelos

De niño, en Matarrosa del Sil, donde nació y creció hasta los siete años, una afición parecía dibujar su futuro: “Ya me gustaba la comunicación. Y en el Bar La Pista narraba los partidos”

El ritmo era otro cuando Leo se crio en Matarrosa del Sil. Con padre de Caboalles de Abajo (Villablino) y madre de Primout (Páramo del Sil), rescata el paso de aquel tren minero que era la arteria del desarrollo económico del Bierzo y Laciana. “Todo estaba lleno de prohibiciones”, dice mientras se recuerda bajando a Ponferrada o jugando al fútbol. También eran tiempos de matanza y de mondongo. “Mi abuela me hacía un botillo, un chorizo y una morcilla pequeños. Y yo todos los días iba a verlos”, cuenta. Todavía sin saberlo, otra afición parecía dibujar su futuro: “Ya me gustaba la comunicación. Y en el Bar La Pista narraba los partidos”.

El ritmo cambió para la familia cuando se mudó de Matarrosa a Valladolid. Leo tenía apenas siete años. La rama materna fue yéndose a Pucela. “Y al final las familias hacen lo que diga la madre”, sentencia el humorista, que en los veranos de su adolescencia y juventud trabajaba en una panadería con su padre. Así comenzó primero Arquitectura y luego Derecho. “Era muy buen estudiante, pero muy vago”, admite. Hasta los 28 se mantuvo en la panadería. Y de ahí hasta los 40 trabajó en el Harlem. Allí ‘cambió’ la Arquitectura y el Derecho por la Psicología y la Sociología: “Detrás de una barra se desarrolla mucho instinto. Enseguida capto a la gente. Y fallo pocas veces”.

El ritmo cambió para Leo, que ya era Harlem, cuando el propietario de La Salamandra, el local en el que se tomaba una copa al cerrar, le animó a mandar un vídeo a ‘El Club de la Comedia’. Lo grabó tras la copa de rigor y lo envió por Seur el último día de plazo. Llegó a la final. “Los otros eran cómicos profesionales y yo venía de poner cafés con leche”, contrasta. “Pero siempre tuve mucha gracia. Yo era el simpático. Y hacía un humor que no era dañino”, añade. Sus monólogos cayeron efectivamente en gracia. El concurso fue en la Navidad de 2002. Y en marzo de 2003 ya tenía gira de actuaciones. Sin carné de conducir (“antes me saco licencia de armas”, bromea), para no depender de horarios de trenes y autobuses, se radicó en Madrid en 2004.

Leo adoptó como apellido artístico el nombre del bar de Valladolid en el que trabajaba: “Detrás de una barra se desarrolla mucho instinto. Enseguida capto a la gente. Y fallo pocas veces”

En La Cantina de Teixeira

En la Bodega El Racimo de Ponferrada

En el Burbia

“Yo tengo un teléfono para vivir y otros lo tienen para contar que viven. Y eso me da mucha tranquilidad y mucha calidad de vida”, dice al enseñar su Nokia de siete años de antigüedad

Cambió su vida al compás del furor de los monólogos, que mantienen el tirón sin haber pasado de moda. “El chiste es muy difícil. Y el monólogo tiene su punto teatral, pero es muy simple. Es el más simple de los medios de comunicación y tan directo como la radio. Hay tantos estilos como monologuistas. Yo hago un humor más sociológico”, define sin ocultar que en sus guiones evita la política (“es agotadora y la gente está muy alineada”, apostilla), lo mismo que hace en su vida con el mundo digital al enseñar su Nokia de siete años de antigüedad. “Yo tengo un teléfono para vivir y otros lo tienen para contar que viven. Y eso me da mucha tranquilidad y mucha calidad de vida”, señala.

Así, sin afán de poner tachuelas (ni mucho menos post ni selfies) por cada lugar por el que pasa, se deja caer unos días por una comarca de la que se despegó de niño (sin romper el cordón umbilical de su madre, que mantenía guiños como llamar rodilla al paño de cocina) y a la que ha visto retroceder desde la distancia. “Era una muerte anunciada. El fin del carbón ha sido como dar morfina a un muerto. Se ha creado una sociedad dependiente. Y el ciudadano no va a adelantar a las instituciones en la búsqueda de soluciones”, advierte. Convencido de que la industria tenderá a la desaparición, cree que “la apuesta tiene que ser por el terreno, que es privilegiado” siempre, eso sí, que se cuente con unas buenas comunicaciones. Y minutos después añorar el tren minero de su infancia, suspira por uno “de calidad” para hacer despegar el turismo y la economía. “El AVE cambia las ciudades y la gente. Y ya no digo a lo mejor tener un AVE, pero sí al menos un tren rápido”, reivindica.

Leo Harlem quiere, sin embargo, detener el tren de su vida y bajar el ritmo. “Mi intención es irme replegando de los micrófonos; y hacer otras cosas: películas, pintar, dibujar, publicar un libro… Yo no me aburro”, dice sin esconder que su pasión por la radio, el factor que desbarató sus planes de tomarse un año sabático en 2021. La radio, como los monólogos, “van a sobrevivir porque son medios baratos”. Sus apariciones televisivas, en cambio, son las que le delatan para ser reconocido incluso en un lugar tan recóndito como la Bodega ‘El Niño’, donde comprueba al pagar los vinos de varios parroquianos que hay sitios que han logrado detener el tiempo. Deja propina, ‘el Niño’ toca la campana y un mundo que se mueve a ritmo vertiginoso parece hacer una pausa.

“El fin del carbón ha sido como dar morfina a un muerto. Se ha creado una sociedad dependiente. Y el ciudadano no va a adelantar a las instituciones en la búsqueda de soluciones”

Leo Harlem, en la Bodega El Niño de Cacabelos

De izquierda a derecha, Leo Harlem, Toño Criado y ‘El Niño’ en Cacabelos