“Predicaba la igualdad para los hombres, libertad para los pueblos, justicia para los pobres, destronó del poder a los soberbios, y por eso lo mataron”, reza la letra de una de sus canciones. Javier Rodríguez Sotuela lleva una vida entera cantando a la justicia y de justicia era quitarse la sotana y acercarse al pueblo. Se vistió de paisano, bajó del púlpito y se comprometió activamente con la causa obrera. Estudiaba en el Gil y Carrasco de Ponferrada cuando le hicieron leer el Nuevo Testamento. “Vi la contradicción que existía entre lo que contaba y cómo se comportaban los que iban a misa, yo quise responder a la autenticidad del evangelio”. Así emprendió un camino que ahora, con ochenta y cinco años y sentado en la bodega de su casa natal en San Clodio, narra con extraordinaria lucidez entre decenas de dibujos y recuerdos. Matarrosa fue su último destino, entre 1960 y 1972 apoyó las huelgas mineras, distribuyó octavillas y cambió santos por pancartas granjeándose el cariño de muchos y el rencor de unos pocos.

Javier Rodríguez Sotuela (derecha) y José Álvarez de Paz

“El cura comunista”, como algunos lo apodaron, se crio en Ponferrada. Hijo de ferroviario, vivió primero en la calle Eladia Baylina y más tarde en Sierra Pampley, frente a la fábrica de gaseosas Manceñido. “¿De mi infancia? Recuerdo la felicidad”. La felicidad de las horas en la calle jugando a los pitos, a la una de la mula y al futbolín con chapas y garbanzos. Un mundo que ya no existe en el que uno entraba a la casa de sus vecinos como quien entra en la propia, “tirando de una cuerda que tenían por fuera, no había ni timbres ni nada”. A los quince años llegó a Astorga, a un seminario repleto, “éramos cuatrocientos alumnos”. “En el instituto hablábamos de cine y de fútbol, en el seminario me sentí un poco desplazado, extrañé el compañerismo, allí todo era vigilar y castigar, todo lo que estudiábamos eran dogmas y el evangelio no vino a traer dogmas, sino un estilo de vida alejado de los privilegios”.

“Lo que ha dicho usted hoy lo va a saber mañana Francisco Franco”, le amenazaron 

A punto de cumplir los 25 termina los estudios. Pasa por Dragonte, Cadafresnas, Moral de Valcarce, Fabero y el Barco de Valdeorras antes de recalar en Matarrosa del Sil. “La gente era muy solidaria y muy humilde pero eran tiempos muy malos, había mucha represión”. Comienza entonces su vinculación con la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y la JOC (Juventud Obrera Cristiana). La huelga minera de la primavera de 1962 marca el inicio de una nueva etapa. “La JOC mandó una octavilla sobre la legalidad de la huelga, yo la repartí y empezó todo el follón”. Encontronazos con la policía y avisos de la Iglesia. “Empecé a escribir en Día 7, la revista dominical de la Iglesia, y cada vez que escribía algo la secuestraban”. La Guardia Civil controlaba su casa, “cuando veían entrar a más de dos personas ya había problemas” y se apostaba en la puerta de la parroquia para no perder comba de sus sermones. “Lo que ha dicho usted hoy lo va a saber mañana Francisco Franco”, le amenazaron un día. Ríe al recordarlo. “Yo creo que hasta fui muy feliz”.

“No me gustan las procesiones, en un país laico no debe haber procesiones”, sentencia. “Así que el día de Santa Bárbara sacamos pancartas, intervino la Guardia Civil y me quisieron procesar, tuvo que intervenir el Obispo”

Quizá uno de sus mayores atrevimientos fue sustituir la imaginería por pancartas. “No me gustan las procesiones, en un país laico no debe haber procesiones”, sentencia. “Así que el día de Santa Bárbara sacamos pancartas, intervino la Guardia Civil y me quisieron procesar, tuvo que intervenir el Obispo”. Sotuela y José Álvarez de Paz, que también fue párroco antes de dedicarse a la política, ofrecían recitales clandestinos en locales pequeños y trastiendas de librerías. “Me denunciaron muchas veces y en una ocasión se metió la falange a grabar y se lo enviaron al gobernador de León, pero siempre fui salvando”.

El apoyo de la Iglesia al Régimen, aunque mayoritario, no fue total. Él, como Francisco Beltrán, Miguel Rubio o su gran amigo José Álvarez de Paz, formó parte de una generación de clérigos jóvenes que quería cambiar las cosas. En Andalucía se comprometieron con el trabajador del campo y en El Bierzo y Asturias, con el de la mina. Una lucha que encontraba su génesis en otra manera de entender el evangelio. Curas que cometieron la osadía de compartir labor clandestina con grupos y movimientos de izquierdas. Sotuela abandonó Matarrosa en el 72, al poco de morir su padre. “Vi que buscar la libertad y al mismo tiempo ser un pilar de una institución que iba contra ella era una contradicción. No me despedí de los vecinos, ¿cómo me iba a despedir? No fui capaz”. Se mudó a Barcelona donde trabajó diez años como delineante antes de encontrar una nueva vocación. “Pasé a ser educador social en un centro para niños de acogida, allí volví a experimentar el apoyo y el compañerismo”. Desde su jubilación regresa cada año convertido en Papá Noel. ¿Sigues creyendo en Dios? “Lo mismo me preguntó en una ocasión Paco Ibáñez y él mismo se respondió, depende de en qué Dios, claro”. Nos despedimos con unos cuantos dibujos del Bierzo bajo el brazo y las ganas infinitas de volver a encontrarnos en el camino.

Javier Rodríguez Sotuela

Javier Rodríguez Sotuela

Javier Rodríguez Sotuela (en el centro)

Javier Rodríguez Sotuela ejerció de sacerdote coadjutor en Fabero, la plantilla del Fabero le dedicó esta foto de despedida

Javier Rodríguez Sotuela. Una procesión en Fabero durante el año que ejerció de sacerdote coadjutor en el municipio

Javier Rodríguez Sotuela

Javier Rodríguez Sotuela con su gran amigo José Álvarez de Paz

Algunos de los dibujos que cuelgan en la pared de su casa en San Clodio

Dibujo del tren a su paso por Matarrosa del Sil realizado por Javier Rodríguez Sotuela