Jugando al corro cerolo, a las mariquitas y a la raya, Celine, o Cuqui, como todo el mundo la llama, tuvo una infancia feliz en San Román de Bembibre. Sus padres tenían El Sol, el bar del pueblo donde ella pasaba el rato y ponía música, “era la pinchadiscos”, aclara.  Cuando llegaba el buen tiempo la diversión se trasladaba al río. El 13 de junio de 1951, Cuqui, a punto de cumplir 10 años, jugaba debajo del puente romano a meter los pies en el agua junto a sus amigas Charín, Luchi, Tita y Amparín. Así encontraron la bomba. “Era como una botella de agua redonda, pequeña y roja”, recuerda. “Nos llamó la atención, la cogimos y subimos al pueblo”. Se sentaron en un madero delante de la casa de la modista e inspeccionaron el artilugio. Tenía una especie de visera que podría servir para cubrir la cabeza de un muñeco y una parte inferior en forma de bote que Cuqui creía perfecta para fabricar una estufa que calentara su casita de juegos. Aquel día pasarían a la historia de la comarca como las niñas de la bomba.

De izquierda a derecha: Amparo, Cuqui y Tita. Tres de las niñas de la bomba.

“Te enseño un poco”, dice, mientras se sube el bajo de los pantalones para enseñar unas secuelas que casi 70 años después aún son visibles. Después de todo Cuqui fue afortunada, aunque la metralla le llenó las piernas y le salpicó el resto del cuerpo. A base de pedradas y golpes consiguieron la visera pero todavía faltaba el bote para la estufa. Cuqui y Charín tiraban cada una de un lado cuando ésta se levantó y dijo, “trae, ya verás como así sale”. La lanzó a sus pies. “Las demás sobrevivimos porque estábamos en el suelo”, explica Cuqui. “En el momento no sentí nada, solo recuerdo ver como un vestido de lunares rojos en el suelo”.  Su hermana y un vecino la llevaron al bar de sus padres, “me sentaron y me metieron las piernas en un balde de agua”.

“Un señor se quedó con tres bombas al terminar la guerra y años después se marchó a Argentina y desalojó la casa, después de tantos años seguramente le dio vergüenza entregarlas y las tiró al río pensando que el agua las llevaría”

Al día siguiente la trasladaron en la lechera al hospital de Ponferrada, hoy Hogar del Pensionista en la Avenida Gómez Núñez. “Me vendaron las piernas hasta arriba y me hacían curas, supongo que me dolería, pero no lo recuerdo”. Sí que rememora, en cambio, el cariño que recibió de la gente. “Todo Ponferrada se volcó con nosotras, nos traían fresas, cerezas y hasta juguetes”. Cuando le dieron el alta regresó a Bembibre en tren y allí cogió ‘la tartana’, el coche que llevaba la correspondencia a San Román. “Al llegar, todos los chavales iban corriendo detrás de la tartana como si llegara la Virgen de Fátima”.

Se especuló mucho sobre la procedencia de la bomba en un tiempo en el que, lamentablemente, no resultaban tan atípicos estos accidentes. “Todo el mundo sabe quién fue porque unos chavales lo vieron”, dice. “Un señor se quedó con tres bombas al terminar la guerra y años después se marchó a Argentina y desalojó la casa, después de tantos años seguramente le dio vergüenza entregarlas y las tiró al río pensando que el agua las llevaría”.

Tras el accidente la vida siguió. Cuqui estudió peluquería en A Coruña y trabajó en Bembibre hasta poco antes de casarse. “Llevé los primeros pantalones que se vieron en el pueblo porque me los tejí yo”, cuenta. Siempre fue moderna. “Recuerdo cuando iba al pueblo el día de la fiesta, mis amigas venían con sus vestidos plisados y mi madre me decía que por qué no podía ir yo como las demás”. Tras criar a sus tres hijos ahora lo que le gusta es bailar, “siempre fue mi pasión”. “Tengo unos hijos estupendos que me entienden y son mis compañeros sin olvidar que soy su madre, lo único por lo que siento tener los años que tengo es porque lo tengo, pero no me pesan”. Ella derrocha vida.

Cuqui

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