Muchos, muchísimos millones de años antes de que el carbón del Bierzo llenara vagones que más tarde calentarían las calefacciones de toda España, mucho antes de que el cartel de Antracitas de Fabero brillara en la Gran Vía madrileña junto al de Coca Cola, mucho antes de cimentar el crecimiento de un país que encontró en el carbón la manera de entrar en el siglo XX, la cuenca antracitera más importante de España no era más que un caótico y exuberante bosque pantanoso de lepidodendron, calamites y sigillaria. Hoy, esa enorme herida abierta entre los pueblos de Lillo y Otero de Naraguantes, lo que fue la Gran Corta de Fabero, es lugar habitual de paseo para nostálgicos y buscadores de tesoros. “Un día dijimos, ¿por qué no vamos a la Gran Corta a hacer unas fotos?”, y esa fue la génesis de lo que ahora es el Aula Paleobotánica de Fabero. A veces las cosas son así de fáciles, o así de difíciles, un grupo de amigos, un interés común, y ganas de hacer cosas. Lo demás es trabajo, ilusión y ponerse en marcha.

“Para nosotros todo esto eran helechos”, cuenta Carmen González, mientras observamos con lupa un alethopteris (ellos nos explican qué es, no vayan a creer que veníamos con este conocimiento de casa). Hoy están aquí Joaquín Ramón, José Anglés, y la propia Carmen, tres de sus impulsores. Ellos, junto a Ernesto López y Chencho Martínez, han conseguido convertir una vieja clase del colegio Antonio Machado en un pequeño museo de fósiles en tiempo récord. Lo que vemos es solo una pequeña muestra de lo que tienen, “en un mes bajamos de la Corta más de 200 fósiles, algunos tan grandes que los tuvimos que sacar en carretilla”, explica Ramón. Se entusiasmaron tanto que pidieron permiso al ayuntamiento para hacer una pequeña exposición. “Hablamos con Juan Manuel Rincón, el presidente de Aragonito Azul, y se prestó a ayudarnos, nos dio información y contactos”.

 

Un vistazo al aula, inaugurada en marzo de 2019, y un rato de charla bastan para ver lo que han conseguido y aprendido en solo unos meses. “A nosotros nos gustaba la arqueología y la naturaleza, esto fue por casualidad, y aunque es un poco friki, engancha”, reconoce Ramón. “Todos tenemos otros trabajos, si no estaríamos aquí todo el día”. Donde nosotros vemos helechos, hay ciclopteris, pecopteris, o annularias. Y no todos son fósiles vegetales, “hace poco encontramos un milpiés”, dicen con entusiasmo.

“Nos gustaría que esto fuera zona LIG (Lugar de Interés Geológico) y que después de rehabilitar la zona se conservara una ruta geológica que se pueda visitar”

“Lo malo de esta zona es que no hay grandes estudios geológicos, como ocurre en la cuenca de Sabero o de Villablino, aquí apenas encuentras los dirigidos al aprovechamiento minero”. Algo que quizá se arregle pronto gracias al interés que han despertado los fósiles hallados en la Corta entre eminencias del sector como el geólogo Jhon Knigt o Carmen Álvarez, investigadora del Museo Paleobotánico de Córdoba. Ambos han visitado varias veces el municipio desde marzo, han tomado apuntes, y se han llevado piezas para su estudio y catalogación.

¿Y qué queda por hacer? “Muchísimo, queremos recuperar todo el material posible antes de que se empiece a rehabilitar la zona”. También sueñan con mejorar las instalaciones del Museo, quizá ampliarlo en el aula de la parte superior del edificio, y lo más importante, un proyecto para Fabero. “Nos gustaría que esto fuera zona LIG (Lugar de Interés Geológico) y que después de rehabilitar la zona se conservara una ruta geológica que se pueda visitar”.

Puede que después de la mina haya más vida, no la misma, desde luego, pero a veces, todo comienza con una piedra y una ilusión entre amigos. De momento el Aula Paleobotánica de Fabero se puede visitar con clase magistral incluida.

Joaquín Ramón en el Aula Paleobotánica de Fabero

Aula Paleobotánica de Fabero