Mostrador de tabla, serrín en el suelo y un grupo de amigos jugándose la ronda a los chinos. Peligrosa es la nostalgia, pero también la desmemoria, y es que antes de que Robert Parker empezara a puntuar caldos y de que todos los demás comenzásemos a airearlos para apreciar las notas de frutos rojos y cedro en nariz y boca, los vinos del Bierzo no habrían subido al cielo enológico pero alegraban las jornadas, afinaban la garganta y maridaban de lujo con un pincho de oreja y un cacho de tocino. Retrocedemos a 1972, mucho o poco, según se mire. La comarca entera compraba en Novedades Filo, aún no se había construido la central de Anllares, los trabajadores de Endesa eran casi un millar, y era tan raro el vecino sin huerta como el parto que no asistía María Bernarda. Salvador del Río aún no peinaba canas y al llegar de la obra su mujer, Elvira, ya tenía El Racimo abarrotado de paisanos que daban cuenta del vino que ellos mismos cosechaban en Villanueva de Valdueza. ¿Por qué El Racimo? “Porque el de al lado se llamaba Parra”, ríe Salvador. El Parra desapareció hace años y ahora le llega el turno a El Racimo, la última bodega de bandera blanca que resistía en la capital berciana y que ahora nos deja huérfanos. 

Interior de la bodega El Racimo, en la parte alta de Ponferrada.

Empezó El Racimo como lo hacían el resto, “yo ya hacía vino con mi padre de niño, pero cuando compré esta casa compré también la viña en Villanueva y pensé que no sabía qué íbamos a hacer con tanto vino”. El excedente se vendía cada día, excepto los domingos, a dos reales primero y después a una peseta. “Ahora ya llevamos un tiempo cobrándolo a 80 céntimos, pero la subida siempre era un drama”, bromea. “Antes daba gusto todo. Cuando la gente acababa de trabajar esto se llenaba, traían la merienda, se vendía por jarra, se cantaba más y eran pandillas que andaban a diario. Hay familias que vienen desde el principio, vienen hasta biznietos de aquellos primeros clientes”. 

“Con El Racimo desaparece una tradición que han matado, las bodegas no son bares, es otro concepto más parecido al de los furanchos en Galicia, y ellos allí sí han sabido protegerlos”, dice Criado.

Aunque en la pizarra de la entrada avisan ‘mañana abrimos más tarde, tenemos entrevista’, son las 19.00 horas en punto y los parroquianos empiezan a desfilar, uno a uno, por esa puerta que ya cuelga el cartel de ‘Se vende’. Saludan a Salva, a su hija Cristina y a sus nietas, Kimera y Náyade. ¿Vosotras tenéis muchos recuerdos de la bodega? “Mira”, dicen las niñas señalando al techo, “son los hilos de los globos y las piñatas de nuestros cumpleaños”. Tampoco quería Cristina, la hija que casi nace brindando, que llegase este momento. “En las fiestas de la parte alta, el día de San Antonio, mi padre aún no había llegado y mi madre estaba aquí atendiendo cuando rompió aguas de mí y ¡cómo iba a cerrar y a perder dinero!”. “Yo he crecido aquí”, delante y detrás de la barra, “cuando había mucha gente mis padres nos tocaban el timbre para que bajáramos a echar una mano”. 

El Racimo y en primer plano Elvira, embarazada de su hija Cristina

También Nochebuena era un día especial. “Ese día se solía sacar el vino nuevo, venía Ignacio Linares con aquella voz que tenía… y claro, salíamos de aquí a las diez y media de la noche cuando ya estaba la ciudad entera vacía”, recuerda el periodista Toño Criado. “Con El Racimo desaparece una tradición que han matado, las bodegas no son bares, es otro concepto más parecido al de los furanchos en Galicia, y ellos allí sí han sabido protegerlos”. “Si hubiera facilidades yo me la quedaría”, explica Cristina. Sin embargo, la licencia original de taberna o cantina ya no existe y al cambiar la titularidad del negocio no se podrían mantener las condiciones ni eludir una reforma que impediría mantener los precios. 

“Todo se acaba”, dice Salva, y a partir de este 30 de diciembre la única bodega de bandera blanca que quedará en la comarca será la de El Niño, en Cacabelos. Hasta allí puede peregrinar la chavalada en busca del exotismo de sus raíces para recordar que no hay celebración sin vino ni pena que no se mitigue con un vaso en la mano.

Bodega El Racimo de Ponferrada

Bodega El Racimo de Ponferrada

Bodega El Racimo de Ponferrada

Bodega El Racimo de Ponferrada

Salvador del Río, en la bodega El Racimo de Ponferrada

Salvador del Río, en la bodega El Racimo de Ponferrada