Hubo un tiempo en que la frase ‘lo ha dicho el maestro’ zanjaba cualquier discusión. Vendría luego ‘lo han dicho en la tele’ y ‘lo he visto en Twitter’ hasta que hoy, ya, tal vez sea el maestro el que repita lo que ha visto de pasada en cualquier red social. Pero en 1972, cuando César Sánchez llegó recién licenciado de la mili a San Juan de Paluezas para cubrir una baja, maestro aún se escribía en mayúsculas y su nombre siempre iba precedido de don. Por orden de importancia, en aquellas aldeas remotas a las que enviaban a los primerizos solo estaba por encima el cura. Los padres sabían que el saber sí ocupa lugar, o al menos determina el tuyo en el mundo. Y aquellas ganas de querer contentar a una de las fuerzas vivas del pueblo aderezadas con la notoria hospitalidad berciana, permitieron a Sánchez vivir de maravilla con sus 8.700 pesetas de sueldo como interino (si tenías la plaza en propiedad la suma ascendía a 18.000 pesetas). “No tenía ni que comprar para comer, me llevaban de todo, matanza, castañas… no me dejaban ni pagar el café en el bar. Un día vino una madre con un niño de seis años para ver si lo podía coger en clase aunque aún no tenía la edad, le dije que sí y creo que me llevó medio gocho como agradecimiento”, recuerda entre risas. 

César Sánchez, maestro

“La gente del pueblo era increíble”, dice, “todos tenían su bodega debajo de casa y todos te invitaban a vino y embutido cuando pasabas por delante”. Sánchez apenas conocía un poco Ponferrada cuando lo destinaron a esta localidad del municipio de Borrenes que, según el último INE, hoy tiene 75 habitantes, pero que en el 70 contaba con más de 50 niños. Con una maestra y un maestro, las clases estaban entonces segregadas por sexo y no por edad. “La profesora le daba clase a las niñas y yo a los niños. Hablé con la inspectora, Doña Trini, para ver si podíamos juntar a los de la misma edad para dar las explicaciones mejor y aceptó”. En una época en la que la colleja y hasta el tortazo todavía se aceptaban con normalidad y, como se te ocurriera quejarte, igual cobrabas también en casa, la posibilidad del castigo físico atemorizaba a los críos. “Todavía se usaban los tinteros y los primeros días me di cuenta de que cuando a alguno se le caía un poco de tinta se tapaba la cabeza pensando que le ibas a pegar”. “En otra ocasión, uno de ellos estaba escribiendo con la izquierda y cuando me acerqué cambió rápido de mano. Le pregunté por qué y me dijo que el anterior profesor no le dejaba”.

Natural de Villafalé, hacerse maestro fue para César la manera de escapar de una vida que no quería. “No me gustaban las vacas. Eso de que te dieran en la cara con el rabo… le dije a mi padre, ¿esto va a ser así toda la vida? Por eso estudié magisterio”. Le gustaba la carrera de veterinaria, “pero no había medios, aunque luego fui muy feliz dando clase”. Después del primer año en León, volvió al pueblo para ayudar a su padre y estudió segundo y tercero por libre. Con el título en la mano y acabada la mili, se olvidó para siempre de las vacas pero no abandonó el campo. “Compré pichones. Durante la semana me los atendía mi padre y el sábado venía a León a venderlos en el mercado. Así me compré el coche, un mini de aquellos ingleses”. El único automóvil, de hecho, que durante el día había en San Juan de Paluezas, “así que si alguien se ponía malo, funcionaba también de ambulancia”. 

César Sánchez, maestro, en una foto en Caboalles de Abajo

Sánchez, que dedicó su vida a la enseñanza, no se jubilaría en El Bierzo, sino en el Instituto de Valencia de Don Juan. Tras su año en el municipio de Borrenes se marchó a Cataluña y en el 82 recaló en Caboalles de Abajo, donde conoció a su mujer y donde, en el 89, nacerían sus hijos. “Lo que cambia, de un lugar a otro, son los padres, los niños son iguales en todas partes”. Como los pichones.